Un rayo de sol pegaba en la ventana, y pasaba por la hendidura entre las cortinas; era un rayo de sol furtivo, ya que el día estaba encapotado. Un poco de lluvia no vendría nada de mal, pensaba mientras se refregaba los ojos, los días de sol ya habían sido demasiados, y el calor aburre despúes de un tiempo.
Salió a trotar, como de costumbre. En verano salir muy tarde de la casa era suicidio, incluso en días nublados como ese, ya que el calor ahogaba y el sol achicharraba su piel delicada. Puso su Ipod a todo volumen, en modo shuffle; le gustaba formular preguntas al azar, y jugaba a que las canciones las respondían. El viento ese día estaba helado, y agradeció haber salido con polerón; al poco rato dejó de sentir la nariz, y las mejillas le ardían. El pavimento desapareció al andar, y pronto comenzó a sentir el terreno suave del sendero del bosque. Había un poco de neblina, típica de esos lugares, aunque era rara en el verano. Sigiuó andando como siempre, aspirando el aire gélido y cargado del aroma de los árboles y la tierra húmeda. Estaba extrañamente callado, faltaban el ruido de los pájaros, el pisar de los animalitos del bosque y las alitas de las abejas madrugadoras; pero no lo notaba, ya que la música en sus oídos la distanciaba de todo aquello. Hubo un estruendo, y la lluvia comenzó a caer; era lo más parecido a la libertad y la felicidad, pensaba mientras alzaba su cabeza para recibir las gotas frías, era lo más parecido a la vida. La carrera se convirtió en baile, las gotas eran una cortina de diamantes a su alrededor. Reía como si fuera la primera vez, el viento le revolvía el pelo y atraía más gotas que escarchaban todo su cuerpo. El frío era reconfortante, delicioso.
Pronto comenzó a nevar, en momentos como ése, una nevada en pleno verano no es algo que se cuestione. Abrió la boca para recibir los copos suaves y fríos, los diamantes del pelo pronto se transformaron en perlitas glaseadas. Un olor dulce y tibio provenía de un lugar desconocido, mientras la nieve caía y le acariciaba la piel de los brazos y le quitaba el color a sus mejillas; el olor dulce y desconocido, tibio y embriagador aumentaba cada vez haciéndole estremecer el corazón, un cosquilleo agradable que subía por el pecho y daba vueltas por el cuello hasta llegar a la cabeza y estallar al resto del cuerpo. Seguridad y felicidad, éso era el aroma.
Cinco de la mañana. Toma la mano de alguien postrado en coma; se durmió susurrándole al oído. La bolsa de suero, fría y transparente fluye a través del catéter. Despierta, y sonríe al ver que alguien le había puesto un Ipod en los oídos; ¿podría escuchar? Eso esperaba, pensó mientras le acariciaba la frente. ¿cuántos meses habían pasado? había perdido la cuenta, tal vez tres o siete. Volvió a mirar ese rostro sereno y pálido con audífonos en los oídos, ¿sabría lo que pasaba? ¿en qué pensaba en su ausencia? Otro día más, se dijo con una sonrisa en los labios, tal vez mañana ocurra el milagro, otro día más.






Muy buen relato. Tiene su aire críptico, para que el lector lo descifre. ESo encarreta. Un abrazo estrecho. Argivo
Interesante escrito, una realidad posible en esta ruleta del destino...mientras la esperanza sobreviva y la mente se mantenga abierta, ese milagro puede llegar...
Un abrazo.